¿Qué queda de aquellos jóvenes iracundos,
verdaderos parricidas, y de su presencia en las peñas y bares como la
Mutualista, la peña Cuicacalli ? 35 años
después, en el tránsito a la muerte, el poeta
se halla en la posición de no pertenencia a ningún espacio: no vida, no
muerte. Configurado como sujeto ambiguo, cualquier posibilidad de obtener una
posición en la sociedad, se ve cortada por esta característica, la de no poder
definirse. Excluido del colectivo, sólo le resta la soledad. El concepto de envejecimiento social
(Bourdieu, 2002), se relaciona con un proceso de aprendizaje que lleva al
sujeto a tomar una posición dentro del mundo.
Ahora, como
lo explica , la poesía debe buscar para ellos la comunicación entre los hombres
e inyectar a través de sus poemas fuerzas y alegría de que se puede cambiar el
sistema caótico de la sociedad, es decir, una poesía que respire, que no sea un
simple panteón de palabras: "
El poeta
Arturo Trejo Villafuerte editor y corrector de la semana de Bellas Artes que
guió por aquellos tiempos la generación de los cincuenta (poetas que son los
que nacieron entre 50 y 59- se caracteriza porque empezaron a ser poetas y
licenciados, poetas que estudiaron lingüística y literatura, que antes no lo
hacían o no lo hacían mucho, y a partir de esa generación ya mucha gente,
muchos poetas, se dedicaron a la Academia.)
El poeta tiene que saber qué está haciendo,
con qué recursos, ser cada vez más consciente de la técnica pero también de la
tradición literaria, menor ingenuidad y sobre todo, mayor espíritu de crítica,
y eso es importante, por supuesto. Yo creo que ese divorcio entre Academia y
literatura y creación, es como muy decimonónico, hoy no tiene espacio … Es
básica. Para la crítica es un asunto básico, y todo poeta que se precie de ser
un gran poeta, necesita ser forzosamente crítico.
Una comalada de jóvenes poetas
El resultado: poetas, novelistas, cuentistas y artistas de la
acción inmediata no sólo de la literatura sino de la vida cultural y política
como muestran Juan Carlos Onetti, José Lezama Lima, Julio Cortázar, Nicanor
Parra, Efraín Huerta, Enrique González Rojo, José Revueltas, Ernesto Cardenal,
Nicolás Guillén o el propio Octavio
Paz. Sí, todo ellos de posturas estéticas disímiles pero de ciertas
coincidencias políticas como el humanismo marxista.
Principio fundamental de esa época: espantar al buen burgués, en
cambio, los autodenominados Nueva Vanguardia ya no quiere espartar a nadie,
sino proclamar una nueva sociedad, un nuevo orden que no sólo quede en los
manifiestos sino que igual que la Revolución Cubana permanezca en la
manifestación y en la realización. No sólo busca dentro de la literatura sino
fuera de ella, niega la institucionalización de los géneros literarios para ir
a una nueva práctica discursiva, no sólo para dudar de los hallazgos de sus
predecesores sino para encontrar y dudar de los propios.
Pero
haciendo un poco de justicia, es
necesario nombrar en la
poesía hispanoamericana, desde finales de los 50 y hasta fines de los
80, aquellos osados que con su
eclosión de agrupaciones, acciones, revistas y poéticas neovanguardistas de
dimensiones continentales. Diagonal Cero, Tucumán Arde, los mufados, los
neorrománticos y los neobarrocos en Argentina; la Tribu No, CADA (Colectivo de
Acciones de Arte) y las Yeguas del Apocalipsis en Chile; los nuevos, Hora Zero,
Kloaca y Neón en Perú; los tzántzicos y el Frente Cultural en Ecuador; los
dadaístas en Colombia; Tabla Redonda, El
Techo de la Ballena, Trópico uno,
Tráfico en Venezuela, la revista El Corno Emplumado y los
infrarrealistas en México. Habría que considerar asimismo los aportes de El
Puente y El Caimán Barbudo en Cuba; Piedra y Siglo y La Cebolla
Púrpura en El Salvador, los trascendentalistas en Costa Rica, que incorporan
otras aristas, además de poetas que de manera individual cultivan
estéticas de avanzada, provocando
expresiones heterogéneas y mutantes, que directa u obliteradamente expresan el
gesto político de su ruptura. En estrecha interrelación artes poéticas,
visuales y, de forma eventual, artes escénicas proponen un nuevo abordaje
crítico a la institucionalidad artística.
En sus dimensiones más visibles,
las vanguardia se caracterizaron por una actitud vitalista como ocurrió
con los nadaístas, El Techo de la Ballena, los tzántzicos o la Tribu NO; o por
una actitud hiperartística como fue el caso de Diagonal Cero o Los
Huevos del Plata o con los neobarrocos,
aunque se trata de matices, ya
que la actitud vitalista atraviesa el proceso en su conjunto. En ambos casos,
de todas formas, se mantuvo un gesto político, performativo e intervencionista
de las claves culturales dominantes.
Como
Nietzsche, que buscaba con radicalidad afirmar la vida aceptándola tal cual es,
los neovanguardistas, herederos del proyecto arte-vida de las vanguardias
históricas, intentan articular su relación con la realidad por medio de una praxis
vital, impulsando la intuición y la subordinación de lo racional a los impulsos
creativos.
atacar las convenciones
artísticas es indispensable para que por medio de ellas se
logre
transformar las relaciones al interior de la sociedad burguesa. Peter Bürger ha
señalado que “Cuando los vanguardistas plantean la exigencia de que el arte
vuelva a ser práctico, no quieren decir que el contenido de las obras sea
socialmente significativo” (103), la crítica va dirigida al funcionamiento del
arte en la sociedad. El radical ataque de los nadaístas a la Iglesia
católica es la expresión más
violenta de un común interés por intervenir la vida práctica. Bürger (1987) ha
llamado fase postvanguardista al arte que se puede caracterizar, porque la
categoría de obra artística ha sido restaurada utilizando procedimientos
ideados con intención antiartística por la vanguardia.
Su profunda crítica a la
neovanguardia como repetición de la vanguardia desprovista de su gesto crítico,
ha sido agudamente criticada por Hall Foster (2001) en su ya clásico El
retorno de lo real. La vanguardia a finales de siglo.
El documento fundacional es el
“Primer Manifiesto Nadaísta”, redactado en 1957 y publicado al año siguiente.
Las alusiones a Breton, Mallarmé, Sartre y Kafka son parte de una textualidad
que retorna y recicla el discurso de los manifiestos de las vanguardias, en una
actitud contracultural y anticonservadora, que recuerda los primeros gestos
dadaístas y surrealistas. Pero por sobre todo se encuentra en sintonía con el
vitalismo de la generación beat, como buena parte de los movimientos
neovanguardistas hispanoamericanos de los 60 y 70. Este diálogo de las
neovanguardias hispanoamericanas, en su vertiente vitalista, con la generación beat
y el movimiento hippie, se puede rastrear desde El Techo de la
Ballena a Hora Zero, desde la Tribu No a los infrarrealistas. Para no cansar en
este monologo de hechos acaecidos una breve reflexión hay que tener mayor cautela aún cuando se incurre en
cualquier intento de periodización, o en cualquier trazado de líneas dominantes
y subalternas. Antes que nada, como es obvio, porque el corte de la libre
circulación de las ideas y de sus productos veda la cómoda fórmula de pensar
sólo en lo publicado.
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